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jueves, 27 de junio de 2013

UN VIAJE AL PASADO (Relato de una Historia Real)



Relato de una Historia Real





UN VIAJE AL PASADO

En los últimos días del  siglo XIX y principios del siglo XX.  Estaban de regreso a su pueblo, en Antioquia la Grande,  uno de los primeros batallones de soldados dados de baja en la guerra de los mil días. Entre ellos, dos amigos y compañeros, no solo en el ejercitó, sino, también, en la escuela. Ya que desde niños, todo lo habían compartido. Sus familias, sus estudios, amigos y juegos.

Pero para Juan, había una desagradable sorpresa. Sus padres habían muerto y sus hermanos se habían  ido del pueblo. Nadie le había avisado de ello y la angustia y la soledad se apoderaron de él. 

Su amigo Antonio, lo consolaba, le ayudaba a llevar esa terrible realidad. Pero el no salía de su tristeza. De sus recuerdos.

Para Antonio, era distinto: Llego a su casa, y todo estaba en orden. Sus padres, sus hermanos, amigos y la novia, más amorosa y linda  que nunca.

Así pasaron los días las semanas y también, los años.

Juan y Antonio no se volvieron a ver,  ya que Juan, sin decir a nadie nada, se fue, desapareció y nadie sabía de su suerte. 

 Antonio, por el contrario, se entregó completamente al trabajo del campo en la finca de sus padres y se casó, con su novia de toda la vida, María Lucía. Era un lindo matrimonio. Dos hijos que adoraban y en ellos, tenían puesta toda la ilusión de padres jóvenes y felices. 

Después de unos años, Antonio y María Lucía, dejaron la finca y se fueron a vivir al pueblo. A una bella casa. Grande, llena de luz de jardines, de fuentes sonoras, sus chicos entraron a la Escuela de las Monjas, Y las familias, tanto del uno, como del otro, fueron tomando su camino, hasta llegar a quedar solos en el pueblo.

Pero eran felices se amaban… Allí, toda la familia llegaba de diferentes pueblos cercanos o lejanos y pasaban junto a ellos, las navidades y las fechas familiares. El resto del año, lo pasaban solos.

Antonio no volvió a saber nada de Juan. Nadie sabía de él.

Pero un día cualquiera, sonó el eslabón de la gran puerta de la casa de Antonio y María Lucía. Era Juan… La sorpresa y la felicidad de Antonio, fueron muy grandes.  La llegada de su amigo, lo llenó de gozo y entre abrazos  y  recuerdos le dio una calurosa bienvenida.

(Pero lo que no se imaginaba  Antonio, era el dolor que le traería  a  su vida ese amigo, que era su hermano).

Su casa, se volvió la casa, el hogar de Juan. Sus hijos, lo miraron, desde que llegó, como un tío más y María Lucía, como un hermano, un cuñado. Al fin y al cabo, lo conocía desde niña.

Fue instalado en una linda y gran alcoba que daba al patio principal, quedando completamente independiente y separado de la familia y también del servicio.

Solo en las noches, en los ratos de tertulia, en el gran salón, al calor de una taza de café o chocolate, se reunían a jugar cartas, hacer las tareas con los niños o a cantar, acompañados con las guitarras, canciones que les traían recuerdos a todos.

Así, pasaron los años. Ellos, encargados cada cual, de sus negocios personales. Los niños creciendo y estudiando y María Lucía, entregada a las labores del hogar y a las obras de caridad de la parroquia, del Padre Pedro.  

Todo era normal. Los encuentros familiares, los paseos al rio, la ida a la finca, la tomada del café en las tardes de bordado con las amigas, el rosario de la noche y las tertulias familiares.

Un día cualquiera, en la mañana. Llego, de improviso Juan a la casa. 

María Lucía estaba en la cocina con la negra Toña  y Rosita. Preparaban el almuerzo, organizaban el oficio que faltaba en casa, cuando se dieron cuenta de la presencia de Juan.

Les extraño y le preguntaron que le pasaba, si se sentía bien, a lo cual el contesto que sí, que todo estaba bien. Le invitaron a una tacita de café y luego él se fue a su habitación.

Ellas siguieron en sus qué haceres

María Lucía, salió del cuarto de lavado y  aplanchado, en compañía de Rosita, llevando en sus manos la ropa  blanca, (Ropa  de cama, manteles y demás),  para guardar. Rosita se devolvió, se le había quedado algo. María Lucía, comenzó a guardar la ropa,  en el armario de la pieza de costura. Estando en esto, de espaldas a la puerta de entrada, no se dio cuenta que Juan llegaba y sin mediar palabra y por la espalda le disparo. María Lucía agonizando, cayó al suelo y el volvió a dispararle.

Rosita que en ese momento llegaba y vio todo, salió corriendo y gritando. ¡La mato, la mato! Toña, que escucho los gritos, de Rosita y los disparos,  salió corriendo de la cocina  y llegó hasta la pieza, donde vio a su ama en el suelo y a Juan parado al lado del cadáver.

En ese instante sonó otro disparo, y Juan cayó al suelo, con un disparo mortal en su sien derecha.

Toña corría, Rosita también. Gritaban histéricas, dando vueltas, Hasta que por fin, salieron a la calle y fueron escuchadas.

Todo el mundo entró, no entendían nada. Unos fueron por el Alcalde. Otros por el Padre Pedro y los demás, fueron a buscar a Antonio.

Las vecinas, gritaban a la par de Toña y Rosita y el perro latía al pie de la puerta de la pieza de bordado sin dejar entrar a nadie. Él también, estaba histérico…

Antonio llegó corriendo acompañado por los hombres que fueron a buscarlo… Entro, a la pieza y cayo de rodillas ante el cadáver de su esposa.

(Nadie miraba el cadáver de Juan, que muy cerca estaba de la entrada y todavía, sostenía el arma en su mano derecha, mientras su cara, era una mancha roja, por la sangre que manaba de su herida).

Los niños… Todos hablaban de los niños. Pero no hacían nada. No sabían, si ir por ellos al Escuela de las Hermanas o dejarlos allí, hasta que ellos llegaran.  El Padre Pedro, tomo las riendas de la situación y mando la razón, con su secretario, a la Madre Priora. Debían, dejar a los niños allí, que no se dieran cuenta de nada, por lo menos, en esos momentos.

Así se hizo… Las Monjitas protegieron a los dos niños, que no sabían ni entendían nada y para ellos, la novedad de estar en el Colegio todo el día, y dormir allí, les preció genial.

Mientras tanto en su casa, seguía la tragedia:

Antonio como un loco, que nada entendía. Lloraba y abrazaba a su esposa… Luego calmado y en silencio, la tomo en sus brazos, la llevo a la alcoba, donde la tendió sobre la imponente cama nupcial y ya,  solo con ella, la seguía abrazando y llorando en silencio. Nada más.

Toda la gente, miraba desde fuera. Nadie decía nada. El silencio era total. Y esa mañana de luz, se fue oscureciendo, hasta convertirse en la más oscura tormenta vista, hasta ese momento, en el pueblo.  

El Alcalde, el Padre Pedro, Las Monjitas, eran las únicas personas, que ponían orden en ese caos. La negra Toña y Rosita, tampoco estaban anímicamente, preparadas, para hacer frente a todo ello y en un rincón con el perro a sus pies, lloraban y a veces, gemían, simplemente, gemían.  Ya no gritaban, no hablaban y sus miradas estaban perdidas en el vació, mientras el perro, aullaba como un animal herido.  
                     
Los días siguientes fueron mortales para Antonio. Su familia lo mismo que la familia de María Lucía, llegaron al pueblo para acompañarlo.

Los niños con las Monjas. La familia repartida, en casa de amigos. Y Antonio… Solo… Totalmente solo en su casa…

Todo lo que tenía que ver con las investigaciones del caso, las exequias de Juan y María Lucía se fueron desarrollando a su debido tiempo y el pueblo comenzó a normalizarse.

Los niños volvieron a ver a su padre una sola vez y nada más. Preguntaban por su mamá. Preguntaron a su padre por ella y también, a todo el mundo. Pero nadie  contestaba...
 
¡Una vez, solo una vez, vieron a su padre y jamás lo volvieron a ver en su vida!

Ellos se fueron del pueblo con sus tías, sin haber vuelto nunca más a su casa, sin sus juguetes, sin sus cosas, sin nada… La vida de esos niños quedo dividida en dos… Hasta el tres de abril de un año que no olvidaron y luego…Del tres de abril…Donde todo lo perdieron, quedando con sus manitas vacías… Nada…les quedaba… Nada…

¿Su padre? Se fue en su caballo negro, muy despacito  en compañía, de Campeón, su perro.

Dicen, los  que lo vieron, que se perdió en el monte. Otros, aseguran que llegó a la vieja finca y allí se encerró. Otros, que se despeñó, en el cañón de las brujas. Pero la verdad, es que jamás se volvió a saber de él.

Se cree que la versión, más lógica es la segunda. Ya que la negra Toña y Rosita, vivían allí, (en la finca) solas con el perro. A Campeón, se le veía, a veces.

Han pasado cien años, justo, cien años, y esta historia sigue siendo un misterio totalmente impenetrable, para los descendientes de Antonio y María Lucia.

Pero para mí hubo  un desenlace. Tal vez no, un desenlace. Pero si la respuesta a muchas preguntas, que yo me hacía, (No, a todas mis preguntas).

Un bisnieto, de ellos. Mi amigo, un día cualquiera cogió su morral, y  sus cámaras y  se fue a conocer su pueblo. Según su relato, era tal cual su abuela se lo describía. Blanco, lleno de jardines, donde la modernidad, había llevado confort, más había respetado su entorno y se convivía en medio del pasado y el presente, en armonía.

Busco a los contadores de historias: Personas que a la sombra de los árboles, en el parque principal de un pueblo, le cuentan a aquellos que le preguntan, todo lo ocurrido en él, en el transcurso de los últimos siglos,  los últimos días, o las últimas horas.

Y le contó con lujo de detalles todo lo ocurrido. Además, lo llevó hasta la casa, le mostró que continuaba cerrada y que nadie tenía la llave. Que la llave se la había llevado Don Antonio y con su muerte, se había perdido. 

Mi amigo, no pudo hacer nada en este viaje. Pero se propuso conseguir los papeles para probar que su abuela, su mamá y el, eran los legítimos herederos de esta vieja y ruinosa casa. Esto, con el fin de conseguir el permiso para forzar la puerta. Y Así lo hizo.

En su segundo viaje, en compañía de su Abogado.  Hablo con el Alcalde, le presento todos los papeles y con todas las autorizaciones, forzó la gran puerta  y  entro a su propiedad. “Comenzó su viaje al pasado”.

Una capa de polvo, que ya era tierra, lo cubría todo. Las paredes estaban manchadas por el agua, que en los días de lluvia, caía por ellas. El olor era penetrante, la oscuridad, aun estando de día, era grande. Era la imagen total de la decadencia. De la  tristeza. Del dolor.  

Y mi amigo, se sentía igual. Su corazón latía aceleradamente. La ansiedad y la angustia ante lo desconocido…Ante lo que podía descubrir…Ante lo que podía encontrar y saber de sus antepasados, lo hacía sentir así…

No quiso que nadie lo acompañara y comenzó su recorrido: Los jardines destruidos, la cocina, aún con las ollas en el fogón. Las puertas de las habitaciones, cerradas, pero la pieza, de costura, estaba abierta, el polvo todo lo cubría. En  el armario se veía,  aún la ropa, otrora, blanca completamente amarilla y rota, por la acción de los roedores que eran los dueños y corrían por todo lado. En el piso, con una capa de centímetros y centímetros de polvo, se alcanzaba a ver una parte oscura, negra. Una mancha que delataba que allí, era el piso  distinto.

Allí, tuvo la certeza, que todo era igual a aquel aciago día. ¡Estaba aterrado! Descubría un pasado que jamás se había imaginado conocería. Aunque, conocía la historia. Esto no se le había pasado nunca por su mente… Nunca. Ni siquiera, cuando estaba consiguiendo los papeles que le permitirían entrar al pasado.

Respiro, para que el corazón latiera, un poco más despacio y siguió el recorrido. Llego a la alcoba de los niños, como toda la casa, con mucho polvo. Pero se respiraba, tranquilidad, en medio de la mugre y la oscuridad.
Se devolvió, tenía que descansar. Salió y se sentó en la puerta de la gran casa, mientras el sol y el viento de la calle, entraban por ella y refrescaba, un ambiente de cien años de tristeza.

Cuando se repuso, volvió a entrar… Y recodo que la alcoba  de Juan era por allí, (Patio principal) La busco, la encontró y entro en ella. Estaba llena de polvo como todo y en el  escritorio encontró muchas cartas, roídas por los ratones, manchadas, por el agua y la tierra. Todo lo demás, estaba bien, aunque, encima de la cama estaba abierto todavía, el estuche de una pistola. Nada toco. 

Salió de allí, y se fue directamente a la gran alcoba de sus bisabuelos.

Era la más triste de todas. En la cama se veía manchas oscuras, que en otro momento, fuese sangre roja. ¡Señal de vida! Un vestido blanco, que ya había perdido su color, también manchado, y muy bien puesto. En el piso, y en el escritorio, de los bisabuelos, había muchas cartas, arrugadas, roídas por los roedores, manchadas por las cucarachas y por el agua, que las goteras del techo, dejaban caer sobre ellas, como si fueran lágrimas. No toco nada. Intuyo muchas cosas y salió corriendo. 

¿Qué le podía decir a la abuela y a su mamá?

La continuación de esta historia, es otra historia distinta y familiar. Que solo con la autorización de mi amigo, puedo narrarla.

Eva 


    Jueves, 27 de junio de 2013.

Derechos de Autor Reservados
                        
         
          
        



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