Buhardilla

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miércoles, 9 de enero de 2013

MI FIESTA DE CUMPLEAÑOS




MI FIESTA DE  CUMPLEAÑOS

"Historia Real "


Hoy estoy recordando otro de mis cumpleaños.

Es un cumpleaños que me marco y dejo un recuerdo en mí.

En la Hacienda de mis padres, lo celebre con un grupo de amigos. Era algo muy diferente, y me pareció muy agradable y original pasar unos días  el campo.

 Ya allí, se organizó un programa de actividades, para llenar el tiempo que pasaríamos en ella y aprovechar todo lo que el campo nos ofrecía, para una muy agradable estancia. Todos éramos citadinos y todos, queríamos aprender mucho. 

Como era ya tarde, nos dispusimos a descansar para comenzar el programa que habíamos planeado para el día siguiente.

Esa Noche fue de sorpresas para mí. Mi alcoba la llenaron de rosas, de margaritas, de música muy suave y de perfumes campestres que han quedado en mi subconsciente, para siempre. Al amanecer todos, en compañía de un grupo musical, me cantaron las mañanitas y el sueño, quedo olvidado.

El primer día de ocho, que pasaríamos allí:

Saldríamos a cabalgar temprano conoceríamos todo el valle hasta llegar al río.

Allí, nos bañaríamos, almorzaríamos y luego, a cabalgar, río arriba. Para regresar temprano,  descansar en la casa alrededor de una fogata; escuchar a los trabajadores cantar sus canciones campesinas y luego, a dormir.

Todo el plan ya establecido se comenzó a realizar:

 Los caballos, las risas de los novatos el susto de algunos, la exigencia de otros y la valentía de todos.

Todo estaba saliendo muy bien. Pero de un momento a otro, las cosas comenzaron a cambiar:

Salimos en los caballos, recorrimos  el valle, llegamos al río, que es hermoso, sereno, cálido, cristalino y todos nos convertimos en grandes expertos en  el arte de nadar y de bucear. (Ninguno lo hacía bien, pero entre risas y juegos, lo pasamos de maravilla)

 Como era todavía temprano, no quisimos almorzar y volvimos a los caballos.

Entonces. Nos fuimos río arriba y al regreso, quedamos en que comeríamos. Y, ya, sería la hora de volver a la casa de la hacienda.

  Bueno, cuando menos lo pensamos, estábamos entrando a un cañón. Allí, había un letrero con una flecha que señalaba e indicaba que más arriba había una cascada y un lago natural.  Todos nos llenamos de curiosidad y nos internamos en esa cañada que poco a poco, se iba haciendo estrecha y aunque a nosotros, nos parecía que el terreno era completamente plano, el cielo se veía más alto y las paredes del cañón más empinadas y así, comenzó nuestra aventura, río arriba.

Mientras avanzábamos entretenidos, no nos dimos cuenta que las paredes de esta cañada, eran cada vez  más horizontales y que se oscurecía, poco a poco el entorno. Que el río se estrechaba, pero aun así, era más caudaloso y rápido. El río no estaba sereno… Rugía, mostraba su fuerza… Pero seguíamos adelante… A todos,  se nos había  metió en la cabeza, que temíamos que conocer la cascada y el lago y seguíamos con la esperanza de que pronto la veríamos.

Pero como iba cambiando el paisaje, íbamos cambiando nosotros… Nadie hablaba. Ninguno de nosotros nos mirábamos, solo seguíamos como hipnotizados, hacía adelante. Creo que ninguno pensó en dar media vuelta y regresar. Algo paso. 

Entonces, alguien, no se quien, dijo: Regresemos, devolvámonos. Todos estábamos muy nerviosos. No hablábamos. Dimos media vuelta y comenzó el regreso.  Algo ocurría. Algo ocurrió en ese cañón. Al entrar, el tiempo trascurría de manera normal, ahora, ya habían pasado las horas, la tarde estaba llegando  y no encontrábamos el punto por donde habíamos entrado a la cañada, ni tampoco el letrero.  Los caballos estaban cansados y se les notaba la fatiga y los nervios. Estaban briosos. 
   
 Pero nada cambió. La cañada, mostraba el mismo panorama. Pared, a un lado y al otro, completamente horizontales. Era imposible subir con los caballos o sin ellos. No se veía un solo árbol, solo rocas grandes, muy grandes y amenazantes.

Eran ya media  tarde y habíamos entrado a la cañada, más o menos a las diez y media u once de la mañana. ¿Donde estaba la cascada y el lago? Y ahora de regreso, ¿Dónde estaba el llano? No entendíamos nada de lo que estaba pasando.

Seguimos un rato más, hasta que por decisión de todos, ya que cada vez se hacía más tarde, dejamos los caballos para subir por un lado, que nos pareció un poco más inclinado, menos horizontal, con vegetación y creímos, que podíamos, despacio, subir caminando normalmente y alcanzar el borde de la barranca, que nos daba la impresión, de ser más baja.

¡Pero que equivocados estábamos!

Tres hombres tomaron la delantera, las mujeres iríamos detrás, (Éramos seis) y los cuatro hombres restantes, irían de últimos. Detrás nuestro, para protegernos.

 (Los de adelante, nos guiarían y los de atrás, nos protegerían) 

Al principio, no nos pareció como difícil, pero luego, la inclinación se perdió y se convirtió en una total pared y ya, no pudimos caminar normalmente. Tuvimos que comenzar a escalar. Todo el cuerpo iba pegado al barranco, al piso, nos sosteníamos de cualquier pequeña ramita que brotaba en aquella inhóspita vegetación y los pies no encontraban donde apoyarse. (Andábamos con las botas especiales para montar. Impropias para escalar) Cuando se encontraba un punto de apoyo, para subir, nos  resbalábamos y rodábamos  un buen trecho. Lo peor, no podíamos bajar tampoco. O subíamos o nos despeñábamos, porque no había ninguna otra alternativa.

 Era tan horizontal, que la cara, la cabeza, estaban pegadas, a la roca no podíamos levantarlas para mirar  arriba, o abajo; ni despegar el cuerpo del terreno y las ramitas, a las cuales nos agarrábamos, se quedaban en nuestras manos y volvíamos a rodar. Lo peor, los que iban adelante desprendían pequeñas y grandes piedras, que a veces, pasaban tan cerca de nuestras cabezas, que si no hubiésemos hecho, algún movimiento, seguro, se habían estrellado en nosotras.

 Era un pequeño o gran milagro, el que se producía. 

De pronto despegábamos la cara, la cabeza, de la montaña y pasaba la piedra, la roca,  entre el cuerpo y las piernas sin que nos hiciera daño. 

Claro que los de adelante, los que iban más arriba,  nos avisaban con un grito y los  que venían detrás de nosotras, a nuestros gritos, se ponían a salvo.

El terror se fue apoderando de todos. EI grupo, se dispersaba, se desorganizaba y los de adelante... Se rindieron.

Alguien dijo: "No puedo más, no puedo seguir". Me voy a dejar caer. 

Todos, nos quedamos callados. Luego, alguien más, llorando dijo: 

"No seguiré, no soy capaz, no tengo fuerzas, voy a soltarme".

Yo, que en toda la escalada, poco o nada había mirado a lo alto, aunque me había escapado de las piedras. Alcé los ojos y pude ver, el final de la pared de la que estábamos colgando.  El sol. El cielo azul, dándole  a esa escena dantesca, un reflejo de esperanza.

Entonces, yo, la más cobarde de todos, comencé con una letanía.

Al principio, pasito y lentamente. La falta de aire, y el miedo, no me permitían que fuera de otra manera. Luego, fui subiendo la voz y se fue haciendo más rápida, más fuerte, con un tono de absoluta seguridad y mando, que  hizo que  todos reaccionaramos.

¡No podía creerlo! El escucharme a mí misma, me sorprendía. Nadie volvió a decir nada. Solo mi voz se escuchaba, al gritar:

 "SI ALGUIEN SE CAE, TODOS NOS CAEMOS. SI ALGUNO SE SUELTA, TODOS NOS SOLTAMOS. TODOS TENEMOS QUE LLEGAR”

Todos seguimos…Yo seguía repitiendo mi letanía, mientras, las lágrimas corrían por mis mejillas. Los últimos nos alcanzaron, a las que íbamos en la mitad y nosotras, alcanzamos a los de adelante que estaban pendientes de que ninguno desfalleciera.

Mi voz seguía resonando en la cañada… No me cansé... Y poco a poco, fuimos llegando al borde. Cuando todos estuvimos juntos y nos abrazamos. Me desmaye.

Cuando volví en mí, todos estaban a mi alrededor. Todavía me abrazaban y yo… Seguía llorando.

 Algunos de los trabajadores de la finca estaban con nosotros, nos habían encontrado.  Nos montaron en sus caballos y así, nos llevaron la casa.

Estábamos completos. Ninguno faltaba. Muy aporreados, heridos, mal trechos pero todos vivos y felices de estar juntos. Yo, ¡Pobre de mí! No paraba de llorar.

(Desde entonces, todos mis amigos, me creen muy valiente. Pero no… Mi único secreto es ese… ¡Soy la chica más cobarde que existe! Pero no lo digan ¿eh?…)


Segunda Parte:

Cuando llegamos a la hacienda. Un médico de una finca vecina, nos curó todos los rasguños y nos dio calmantes para los nervios. Comimos. Nos bañamos. Pero lo que menos queríamos hacer, era dormir. No queríamos descansar. Además, todos hablábamos. Nos preguntaban. A veces, no entendíamos, lo que nos preguntaban.

 Y las pregunta estrellas eran y siguen siendo…. ¿Qué había pasado? ¿Qué nos había pasado? Contamos nuestra historia. Todos hablábamos a la vez. 

No nos entendían, y volvíamos a repetir. Se miraban… Nadie decía nada, todos se quedaban callados. Se volvían a mirar, como si no entendieran nada. Nada. 

Entonces, nos dejaron solos, para ir un grupo, a buscar nuestros caballos. Recuerden que habían quedado abandonados en la cañada y esto, lo intentarían antes de que cayera la noche.

Esa noche, aunque algo inquietos y doloridos, pudimos dormir.

 Al día siguiente, en el desayuno, los mayordomos, nos contaron que para entrar al cañón que nosotros describíamos,  era necesario ir río abajo, por lo menos dos jornadas, (2 días). Por lo cual, no se explicaban por donde  lo habíamos tomado. Esto nos dejó sorprendidos. Les comentamos de nuevo, que solo tuvimos que cabalgar media hora, para encontrar el río a ras con la llanura. Donde nos habíamos bañado y luego,  cogimos río arriba y  a una media hora, llegamos al sitio donde el letrero, nos indicaba el camino para llegar a la cascada y al lago natural. 

No lo crían, pues para ellos, esto era completamente imposible.

Al rato, llego una Señora campesina, nos miraba y nos preguntaba que sentíamos, que habíamos visto, entonces, de nuevo, contamos todo. No nos dijo nada. Solo repetía: "Ese río está encantado".

Luego de un largo silencio. Comenzó su relato: “Hace muchos años, quizá, un siglo. Esa cañada no existía. El río estaba a ras con todo el llano y era el lindero con la finca vecina. Sigue siéndolo, pero, convertido en esa cañada. (Ahora nosotros éramos los que  no entendíamos.)

 Siguió su relato: Por una gran desgracia, el río desapareció un tiempo. Luego, después de un terremoto, volvió a aparecer, pero ya no igual a como era. Ya, era una cañada. “La cañada del diablo”. Nadie, se atreve a aventurarse en ella. Y más, que solo se pode tomar por un punto llamado la cruz.  Dicen… Los que lo han hecho, que se oye el llanto de una mujer y los gritos desesperados de dos hombres, que  parecen, rugidos de lenes. Y luego… Las aguas del río, se vuelven rojas, como si fuera sangre.

Esto ocurrió, cuando los dos hermanos, dueños de las  fincas, se mataron en el, por el amor de una mujer campesina.

El lugar por donde Uds. dicen, que comenzaron a remontar el río, no existe. 

Por la parte que Uds. subieron. (Tomando el camino correcto,) es la  más profunda y oscura de la cañada. Pero para llegar a ella, se tiene que entrar  por el punto de la cruz, de lo contrario no se puede. Para llegar,  se debe  recorrer (Ya lo saben) dos jornadas a caballo seguidas y entrar a la hacienda vecina para subir hasta la cascada y el lago. Pero nadie ha llegado a ellos.”

(Ese lugar solo era de la mujer campesina y sus dos amantes).

Se quedó callada y no hablo más.  

Le pedimos que nos contara algo de esa historia. De los amores de esa mujer campesina y esos dos caballeros. Pero solo nos miró, se sonrió y dijo: "Yo soy la biznieta de ellos... De uno de ellos" y se marchó.

Solo en la tarde de ese día, los empleados llegaron con nuestros  caballos.

Ningún quiso hablar de Doña Carmela y menos, de su historia.

Llegó el domingo y regresamos a la ciudad. Todos, olvidados nuestra aventura, de cumpleaños y dimos gracias a Dios, por haber regresados bien.
Eva
Miércoles, enero 9 de 2013

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