Buhardilla

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sábado, 6 de enero de 2018

48 HORAS. NO MÁS




48 HORAS. NO MÁS

Capítulo IV

Bueno, miremos a la quinta de recreo de esta familia.
Estaban de vacaciones: Diciembre. Todo era alegría. La familia reunida y el dolor en asecho.
Síntoma: Dolor de cabeza, mucho dolor de cabeza de la pequeña, nada más, después de un día de juegos.
Cuatro médicos a su lado y su mamá, que siempre le tenía su manita blanca pequeñita. Una rosa, que se habría en manos de su madre.
Sus hermanos desde lejos, miraban, nada más. Mientras su padre corría, por salvarla.
La niña  dormía. Si a este estado de inconsciencia, se le puede 

llamar así.

 Pero  a su lado,  había alguien: un angel, que le leía cuentos, 

libros de aventuras, comics.

 Su afán, era no dejarla entrar en coma profundo y también ella, lo 

logró.

   El tifus, enfermedad tropical y en ese entonces, incurable, se 

había apoderado de ella y solo, en ese país en guerra, se 

encontraba esa pequeña esperanza.

Era una droga acabada de descubrir. Guardada como secreto de estado y hasta cierto punto, sin experimentar, pero, esa, era la única esperanza y tras ella, fueron, su padre y el médico.
              --------------------------------------------------------------
Bien, el continente estaba al frente, allí los dejamos.
Llegaron  a la costera Ciudad, a su Patria. De allí corrieron al aeropuerto y volaron a la gran Ciudad. A su Ciudad.
¡Pero si el bote corrió, el avión no se quedó atrás y menos el auto!
Llegaron y llegaron a tiempo: Los médicos estaban listos, todo estaba dispuesto,  todos vestidos de un blanco absoluto.
Tomaron la neverita donde traían la vacuna y en menos de cinco minutos, ya la niña la había recibido.
En esa noche de luna llena y de estrellas vivió la niña y sus padres también lo hicieron.
Eva

Sábado 6 de Enero de 2018
Relato Real. Derechos de Autor Reservado R.C.  
 


sábado, 25 de noviembre de 2017

48 HORAS, NADA MAS




48 HORA, NADA MÁS

Capítulo III

Salieron  del bote, se cambiaron la ropa por la que ya les tenían preparadas los pescadores.
 No podían llamar la atención y menos, dejar al descubierto que eran extranjeros.
Tomaron las canastas con pescado y con las cabezas agachadas y con paso rápido y se dirigieron a la ciudad.
A cada lado de ellos, iba un pescador y el reloj corriendo.
¡Por fin llegaron!
Era una casa muy grande, antigua  y ahora, derruida. Parecía abandonada, pero no. Se veía movimiento en ella.
Tocaron a la gran puerta y esta, rápidamente se abrió. En silencio los cuatro pescadores entraron y caminaron al lado del hombre que les abriera. 
Totalmente vestido de blanco. 
 Los guió hasta una sala muy grande, muy elegante pero derruida. Se dirigió a una de  las cortinas de una gran ventanal, la toco y una puerta ancha, muy ancha se abrió en la pared. Ese pasadizo o corredor, se veía muy iluminado y muy limpio. Entraron los cuatro pescadores y caminaron para encontrarse con un gran laboratorio.
El hombre que allí los esperaba, los saludo muy amablemente y los dos pescadores, acompañantes, lo llamaron por su nombre. Ellos, eran también Médicos.
El Dr. jefe, hablo con el Dr. Luis y Ricardo solo escuchaba con la angustia reflejada en su rostro. ¡Era su hija la que esperaba el milagro!
Se despidieron y salieron casi corriendo, llegaron a la gran sala y volvieron a convertirse en pescadores.
 Ya la mañana,  había llegado.
Debían tener mucho más cuidado, ya que los militares eran los dueños de ellas.
Ricardo llevaba la vacuna, en su pecho, camuflada como un vendaje que cubría una herida. Su corazón latía y sus ojos, estaban nublados por las lágrimas. De él dependía la vida o la muerte de su hija.  
  Salieron y comenzaron con el pregón "pescado fresco, pescado fresco"
Así llegaron la playa y se internaron en los manglares.
 Allí el Capitán los esperaba. Cogieron sus ropas, brincaron a la pequeña embarcación y arrancaron.
Era un barco pesquero y nada más.
Pero ya faltaba poco tiempo y mucho que recorrer.   
Ya en alta mar, el barco volaba y nadie hablaba.
Pero la esperanza se comenzó a vislumbrar, la costa del continente
 apareció a la vista.
Eva  
Sábado 25 de noviembre de 2017

Derechos de autor reservado. R de C. 

domingo, 12 de noviembre de 2017

48 HORAS, NADA MÁS

48 HORAS, NADA MÁS
Capítulo II
Ricardo y  Luis ¡volaron! Llegaron a la gran ciudad y aunque nada en el camino habían hablado, nada habían planeado, parecía lo contrario. 
Llegaron a la gran Ciudad y fueron al apartamento del uno y luego, al del otro. Cada cual salió diferente. Ricardo, muy elegante pero muy fresco, y un maletín casual, Muy de acuerdo para donde iba, la costa. Luis muy juvenil y a la altura de su compañero. De nuevo, en el auto, volaron. Llegaron al aeropuerto y en primer vuelo que encontraron, salieron.
Ya en ese momento de reposo, sacaron sus papeles; sus pasaportes, sus identificaciones profesionales y el dinero. Todo lo pusieron en orden y no hablaron más. 
¡Por fin llegaron! Era corto el viaje, pero en la angustia de los dos, fue eterno.
Fueron al Hotel, el más elegante y lujoso de la ciudad costera. Se registraron, subieron a sus habitaciones y  bajaron, para salir.
Volvieron al aeropuerto y de nuevo, otro avión, con otro rumbo, se elevó en el cielo azul de un medio día llevo de esperanza y también lleno de ansiedad y angustia.
Hora y media, que se sumaban al tiempo ya gastado. Ninguno miraba el reloj, evitaban hablar pero la coordinación era perfecta.
Luego, de pasar todos los requisitos de emigración, salieron rápido, pero muy "tranquilos"  para no llamar la atención. Se dirigieron al puerto, allí, esperaban encontrar a un pescador, dueño de una compañía especializada en pesca submarina y luego de buscarle un buen rato, lo encontraron y hablaron con el muy privadamente. Se notaba que no era fácil, el dialogo a veces, observado de lejos, parecía fuerte, algo pesado y se sumaba a la desesperación de Ricardo. Luis se veía más calmado.
Se hizo el  silencio entre ellos y no se habló más. Pero, ¡Oh milagro! El pescador "El Capitán" del pesquero, los llamó a bordo y zarparon.
Primero despacio, luego a todo motor. Ya habían pasado casi, dieciocho horas, o alga más y no habían comido nada y el tiempo seguía corriendo.
 Ya entrada la noche, solo la luna iluminaba el horizonte.
 El capitán, les aconsejó que durmieran y que comieran algo, ya que al llegar a su destino, nada de esto, podrían realizar. En silencio, era casi total. Luis, dormía más tranquilo. Ricardo, más sobresaltado, pero sin dejar de pedirle a Dios, que todo saliera bien.   
De pronto y muy bruscamente, el bote paro, el motor se silenció y las luces se apagaron.
Parecía, que habían quedado suspendidos en la nada. La luna, en este cuadro, tampoco aparecía. La oscuridad y el silencio, era total. El mar, daba su cuota de misterio en este cuadro, estaba muy quieto y sereno. Pero aun así, el bote avanzaba,
Luis y Ricardo nada veían.
 El capitán, llevaba muy despacio, el pequeño barco por un canal oculto en el manglar y de pronto la luz de un farol o linterna, comenzó a emitir, señales en código morse. Ellos nada entendían. El capitán, entonces muy quedito, les comunicó que esperarían un poco y que ya, habían llegado. Que los esperaría a la hora acordada. No los podía esperar un minuto más. Los relojes fueron coordinados y dos hombres, desde la orilla del manglar los ayudaron a bajar. 
(Llevaban 22 horas y debían llegar a casa, en 26 horas, con la vacuna que salvaría a la niña)
Eva
Lunes 13 de noviembre 2017

Derechos de autor reservados. R de C. 

sábado, 23 de noviembre de 2013

CAPÍTULO III DEL DIARIO DE MARY AN



CAPÍTULO III
DEL DIARIO DE MARY AN

Mary An, ya instalada en  la Universidad, nos escribió y así supimos su dirección, su teléfono y nos pidió el favor que se la diéramos a Fernando,  así lo hicimos. Pero el no recibía noticias.

Pero pasó algo: Mary An, nos escribía a nosotros, más a Fernando no. Pero en las cartas nuestras, solo hablaba  de él, preguntaba por él. Y él, moría poco a poco. Solo sabía de ella, por nuestro medio.   Decidimos llamarla para que se diera cuenta que las cartas no se las estaban entregando y así fue. Ni a él le entregaban las de ella, ni ella, las de él. (En esta oportunidad, pudieron hablar muy largo).
  
Mary An, escribió en su diario: “Gabriela, un día cualquiera, cuando Julian vino a  cenar con nosotras, le entrego un paquete de cartas. Le hizo saber, que esto no podía seguir así, que ella, no estaba dispuesta a  aguantar mi mal comportamiento y que él, me llamara la atención”.  

Según, nos contó Mary An y lo que escribió en su diario: Julian, a la que regañó y le llamó la atención fue a Gabriela y le exigió que nunca más le escondiera las cartas de Fernando. Que no se entrometiera más en la vida de ellos y que los dejara tranquilos.

Esto fue peor.  Gabriela no le hizo caso a Julian haciéndole la vida cada día más imposible a Mary An. Y la reacción de Mary An, fue peor.

Dejo de cumplir con sus labores estudiantiles, se volvió insoportable en la casa, con miras, a que se cansara Gabriela y lo consiguió.

Se arregló que volviera al país. Llego feliz. Sus padres estaban muy bien con ella, la vida igual, como siempre había sido. Volvió a la Universidad, nadie mentaba a Fernando, ni a su familia. En la Universidad no estaba, en el Club, no se encontraban, los amigos no decían nada  y nosotros, su grupito, estábamos igual a ella. Sin saber nada…

Así pasaron los primeros meses de su regreso, todo “normal” entre comillas.

Hasta que nos enteramos de una historia ¡increíble, sorprendente! Fernando, había  viajado, antes de que Mary An regresara. Él se fue a buscarla. Viaje, que hizo en un barco Mercante, donde consiguió trabajo. ¿De qué?  No lo supimos.

Allí, por Julian, supo que ya Mary An había regresado.

 En todo lo que hablaron, Julian le hizo ver a Fernando,  que ya ellos eran  mayores de edad, aunque dependientes por ser estudiantes, de sus respectivos padres, pero aun así, todo sería distinto para ellos.  

Regreso con esa esperanza. Julian le aviso a su hermana y todo parecía que se solucionaría, a su favor y pronto.

Pero no fue así. Todo siguió igual, Fernando y Mary An, no se veían, ni habían hablado, ya hacía más de un año.

Varias veces, se habían cruzado en diferentes puntos comunes para ellos, pero no pudieron, hablar, porque en esos momentos uno de los dos estaba con alguien de su familia y estas dos familias amigas, ahora eran enemigas. Aunque ninguna hablaba mal de la otra. Pero esa amistad de siempre, quedo totalmente rota. Definitivamente rota. 

Así pasaron  los años y ambos se graduaron, en diferentes Universidades, pero en las carreras que juntos habían escogido y también, sus vidas siguieron.

Los dos tuvieron diferentes novios y novias. Los dos voluntariamente o de manera involuntaria, se evitaban socialmente y los dos se recordaban y seguían amándose. ¿Por qué lo digo? Porque en todo se notaba y cuando alguno de nosotros, (amigos en común) mencionábamos al uno o al otro, solo sonreían, suspiraban y se retiraban dejándonos con la palabra en la boca. Como si se hubiesen puesto de acuerdo. Hasta en eso se parecían, estuvieron siempre tan unidos, que actuaban casi igual.

Ahora, abiertamente volvemos hablar de él, Mary An y yo. Ahora, que tengo su diario en mis manos y escribo esta historia de amor, de separación de dos niños buenos. Me doy cuenta de su dolor y de su gran amor.

Mary An, se fue nuevamente del país. Pero antes, por casualidad, (lo que nunca había ocurrido) se encontraron en la cafetería del Club. Hablaron… mucho rato, demasiado…


 Pero esto, se los contaré en otra nueva entrega, hoy no. Estoy triste y estoy con mi amiga. 

Eva 

Media noche. Sábado 24 de Noviembre de 2013
Derechos de Autor Reservados      
   
  

sábado, 20 de julio de 2013

RECUERDO DE UNA AMIGA





RECUERDO DE UNA AMIGA

Llego el verano, y con él,  el anhelado viaje que nos llevaría  a este grupo de chicas por  por las distintas rutas de castillos, torreones y  fortalezas de Europa. Primera escala: España.

Luego, llegaríamos a Viena, al gran baile de la Opera, donde sería la celebración de nuestros diez y ocho años. Para continuar el recorrido por otros países, y otras rutas, de castillos y museos.

Un viaje en pleno siglo XX. Para adentrarnos en  los primeros siglos de la historia. Sus tiranías, sus grandes injusticias, y también, los grandes héroes de los distintos pueblos, sometidos por la desigualdad social. Además, de conocer la evolución de sus  democracias.

Era un lindo regalo, que  se nos daba. Al dejar nuestra niñez y al convertimos en adultas. En mujeres.

 ¡El regalo de los diez ocho años!

¡Este viaje era un sueño!…Pero como sueño que era, se  podía convertir en pesadilla. Y así fue.

De las veinte chicas que viajaríamos, unas con nuestros padres, y otras, con sus nanas, y todas, bajo la dirección de las profesoras de nuestro colegio. Al final, solo quedo un grupo de diez. Y ahora que lo pienso, (casualidad) solo quedaron incluidas en el, las que viajaban con sus nanas o solas. Las otras, por un motivo o por otro, no pudimos viajar.

Y llegó el día. Todas fuimos al aeropuerto a despedir a nuestras compañeras. Todas hacíamos recomendaciones. Largas listas de compras. Cartas para entregar a amigos o familiares, quedándonos con una gran nostalgia, tristeza y rabia. Todas habíamos planeado este viaje y solo unas, lo realizarían. Las otras, tendríamos que esperar. No quedaba de otra.

El avión partió y nosotras cabizbajas y rabiosas nos volvimos a casa.

En cada escala que el avión hacía, nuestras compañeras, sin olvidarnos, se  las arreglaban para comunicarse con alguna de nosotras y así todos los días, nos reuníamos para saber de ellas, sus aventuras y también sus tropiezos.

Llegaron a España… ¡Madrid!… Un lindo Hotel, las esperaba, en la vía Real. El lujo y comodidad de cada habitación, tenía deslumbrada a aquellas chiquillas que, comenzaban a vivir y a conocer otro mundo diferente al suyo.

Este primer día fue de descanso. Al día siguiente invadieron a  Madrid, con su alegría. Querían ir a todas partes, a las grandes tiendas, a los museos, a las exposiciones…A todo…

Así pasaron esos primeros días… Ya era la hora  de que comenzara el recorrido turístico e histórico  que  se tenía planeado:

Tomaron “La Ruta de la comunidad de Madrid”: Este  las llevaría a recorrer todos los castillos de esta Ruta. ¡Es única!  ¡Es urbana! Que las llevaría a recorrer Madrid y varios municipios cercanos de la Sierra de Guadarrama que hacen parte de ella.

Tomaron sus morrales y salieron con sus guías, dispuestas a conocer la historia de un país hermoso.

Lo primero que conocieron fue el maravilloso camino histórico que conduce hasta el Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, que es el núcleo de esta ruta donde se  encuentran edificios, obras de ingeniería y jardines de gran valor histórico-artístico. En la primera localidad  se destacan, además del Real Monasterio, las Casas de Oficios y la Casita del Infante (o de Arriba) y, en la segunda, la Casita del Príncipe.(la de abajo).

El primer tramo, el de ida. Parte desde la ciudad de Madrid hasta Torrelodones, Collado Villalba y Guadarrama. Desde aquí se accede a San Lorenzo de El Escorial y El Escorial, que conforman el foco principal. El tercer trecho, el de vuelta, recorre Robledo de Chavela, allí, se encuentra La Iglesia de la Asunción de Nuestra Señora. Frenedillas de la Oliva, Navalagamella y Valdemorillo, desde donde se regresa a la capital.

También En la Ruta Imperial se encuentran La Atalaya de Torrelodones que se construyó en el siglo IX  en el período omeya de Al-Ándalus. Es la siguiente edificación en antigüedad. Esta  es la atalaya musulmana mejor conservada. Surgió como una torre destinada a vigilar las posibles incursiones cristianas. Situada en lo alto de un cerro granítico, (Su altura es de once metros o algo más, por encontrarse en un cerro, muy empinado).  al borde de una gran  autopista (Autovía del Noroeste). En localidad de Hoyo de Manzanares. Muy cerca de esta, se encuentran las ruinas de otra atalaya islámica, La Torrecilla.

 En la Ruta Imperial se les suman varias construcciones de siglos y estilos diferentes. Las corrientes arquitectónicas mejor representadas son el gótico tardío, presente en la iglesia mayor de Robledo de Chavela, y el neoclasicismo, que se concentra preferentemente en el Real Sitio.

 En la vertiente madrileña de la Sierra de Guadarrama. Entre las construcciones premedievales, se destaca la Silla de Felipe II, en San Lorenzo de El Escorial, tal vez la huella humana más antigua de la Ruta Imperial. Según la tradición, fue mandada a labrar sobre una roca natural por el monarca, que la utilizaba como observatorio de las obras del Monasterio. Sin embargo, recientes investigaciones apuntan a que puede tratarse de un altar vetón.

A esta oferta artística se le añaden dos monumentos del siglo XX, sin un estilo definido: El Valle de los Caídos y el Palacio del Canto del Pico.

Bueno, no hablemos más de la ruta Imperial. Pero no olvidemos esta Atalaya Torrelodones que es y será, parte central de nuestra narración. De nuestra historia, (real como todas las que les cuento).

Así, este grupo de chicas latinoamericanas, recorrían el mundo descubriendo su parte histórica, sus bellezas naturales y su gran avance, en esta época moderna.

Todas felices. Pero había una, linda, simpática, amable. Con todas las cualidades que quieras, regalarle. Que no era feliz. Se le veía triste, pensativa, rara, pero solo a ratos y esto, hacía que poca atención les dieran las demás. Decían: “Esta de mal genio” “Esta cansada” llamaron un médico. Le mando, simplemente, unas gotitas para que estuviese tranquila.

Así se terminó el viaje por España.

 Siguieron, a Austria. En Viena. Fue algo de ensueño. Cada una realizo su gran sueño.

Fueron alojadas en un pequeño palacio, (el palacio de la Infanta) que compartieron con niñas de otras nacionalidades y también, de Viena. Los edecanes serían hijos y nietos de los miembros de la antigua  guardia real y la mejor casa de modas se encargaría de los vestidos de ellas y profesoras.

¡LLEGO LA GRAN NOCHE! Cada niña era llamada por su nombre. Y de la mano de su edecán entraba por la gran alfombra roja, hasta el centro de la pista donde eran saludadas por las autoridades de la Ciudad.   Cada una, se sentía princesa de un cuento de hadas. Pero había una que estaba, triste, ausente… Aunque esa noche, su belleza era radiante. ¡Era Angélica!

Como todo sueño… Termino…

En los próximos días, conocieron todas las maravillas de esta linda ciudad. Luego, salieron rumbo a Italia, pasaron a Alemania y llegaron a Francia. ¡Paris! ¡La Ciudad Luz! Y fueron felices…Comprando…Comprando. Visitando museos, visitando palacios, caminando por los Jardines Reales, visitando la torre Eiffel,  navegando por el Sena y soñando…

Luego, unos días de descanso en los viñedos del Norte y de regreso a España.

Y otras rutas de castillos e historias. Más compras y preparar el regreso. 

Pero el destino las llevaría de nuevo  a la atalaya de Torrelodones y a la pequeña:  La Torrecilla.

Todas se empeñaron en volver allí. Según ellas, les faltaban fotos que eran importantes para sus distintos trabajos de grado.

Y ALLÍ VOLVIERO…Se repartieron. A las ruinas  de La Torrecilla, se  fueron unas, y a la Atalaya,  de Torrelodones, las  otras.

Angélica, la niña triste, estaba en el grupo. Ninguna se separaba de sus compañeras. Siempre andaban de cinco en cinco, eran diez. (Dos grupos). Cada grupo tenía una profesora que era la responsable de él y  las nanas, que quisieran ir. Siempre, las cinco chicas de cada grupo, estaban acompañadas, además, de un guía.

Tomaron las fotos, corrieron en los pasillos, rieron, subieron, bajaron y luego, como chiquillas que eran, se fueron a tender en la hierba del campo que rodea las atalayas. Saludaban a los coches que pasaban por la autopista A-6 y reían despreocupadas.

Mariana, otra chica del grupo, comenzó a llamar a Angélica. La buscaba y a todos le preguntaba, qué en que grupo estaba ella. Nadie lo recordaba. Llegaron las que estaban en las ruinas de La Torrecilla y tampoco estaba con ellas. Mariana seguí buscando a su amiga. Ya preocupada y asustada, comunicó a su profesora y a los guías. La comenzaron a buscar:

 Las profesoras, los guías,  lo mismo, una o dos de las nanas, que  se encontraban en el grupo, fueron de nuevo a las atalayas. Los guías no la encontraron. Llamaron a las autoridades de la cercana  localidad de Hoyo de Manzanares. Pero nada… no la encontraron.

Pasando las horas, la larga tarde de verano se terminaba y con ella, llegaron las autoridades de Madrid.  Las niñas fueron devueltas al hotel. (Era más seguro para todas) la búsqueda se prolongó todo ese amanecer.

Los lugareños, que siempre estuvieron dispuestos, encontraron el cuerpo sin vida de Angélica entre los jardines y arboleda que rodea la Atalaya de Torrelodones.

 De allí, después de toda los trámites legales, su cuerpo,  fue llevado a Madrid.

Esta chica, que era una de las pocas que viajaba sola, fue siempre, en todo el viaje, rodeada del afecto y cariño de todas sus compañeras, profesoras nanas de las demás chicas.

Y ahora, estaban a su lado. Era tanto el impacto. Que nada decían. No lloraban. Nada comentaban.

Las autoridades, la Embajada, profesoras, y las nanas, decidieron  avisar a la familia de Angélica para que viajaran y decidieran lo que se iba hacer con el cuerpo.

Las chicas, profesoras y nanas, fueron alojadas en la  Embajada… Todos estaban pendientes de la familia de Angélica. Y para todos,  fue una desagradable sorpresa, la indiferencia, la frialdad de sus allegados. En los días siguientes; padres de las otras chicas llegaron para estar con sus hijas. La familia de Angélica nunca llegó.

El tiempo pasaba. La situación era confusa. Entonces, se tomó la decisión de sepultar a Angélica  en el cementerio de  Almudena, en el lugar clasificado para los suicidas. (Todavía no se había prohibido esta discriminación) Todo el grupo  asistió. (Los miembros de la Embajada, como los padres de las otras chicas corrieron con todos los gastos). El personal del hotel, las autoridades de Madrid, y todos los lugareños y vecinos, de la atalaya de  Torrelodones. No la abandonaron.  El vació por la  falta de la familia de Angélica, no se notó.

Así, rodeada de flores, en un lindo y caloroso día de un  verano español, se sepultó el cuerpo de una amiga, que no quiso volver a su país. Que sola, realizó su sueño y sola, afronto la muerte.

Todas las chicas regresaron. Todas quisieron acercarse a la familia de su compañera, pero, siempre la puerta les fue cerrada y jamás recibidas.

Han pasado los años. La historia de Angélica, sigue en el recuerdo de todas. Y nuestras vidas se dividió en dos (Antes de, después de).

Los motivos de esta tragedia nadie las supo, ni lo  sabrán. Pero siempre ella, estará en nuestro recuerdo. En el recuerdo de todos sus amigas y amigos y cuando alguno viaja a España, busca el lugar donde fue sepultada, aunque no esté allí,  ya que con el tiempo, se exhumó su cadáver y fue incinerado. Sus cenizas, se lanzaron al viento desde la Atalaya del  Torrelodones. Punto obligado, de todos nosotros, sus compañeros.
 
Hasta acá, esta historia que nos pertenece a todos. Los que estuvieron con ella hasta último momento  y de quienes la  vimos partir feliz. 

Eva

Domingo 21 de Julio de 2013

Derecho de Autor Reservados

miércoles, 9 de enero de 2013

MI FIESTA DE CUMPLEAÑOS




MI FIESTA DE  CUMPLEAÑOS

"Historia Real "


Hoy estoy recordando otro de mis cumpleaños.

Es un cumpleaños que me marco y dejo un recuerdo en mí.

En la Hacienda de mis padres, lo celebre con un grupo de amigos. Era algo muy diferente, y me pareció muy agradable y original pasar unos días  el campo.

 Ya allí, se organizó un programa de actividades, para llenar el tiempo que pasaríamos en ella y aprovechar todo lo que el campo nos ofrecía, para una muy agradable estancia. Todos éramos citadinos y todos, queríamos aprender mucho. 

Como era ya tarde, nos dispusimos a descansar para comenzar el programa que habíamos planeado para el día siguiente.

Esa Noche fue de sorpresas para mí. Mi alcoba la llenaron de rosas, de margaritas, de música muy suave y de perfumes campestres que han quedado en mi subconsciente, para siempre. Al amanecer todos, en compañía de un grupo musical, me cantaron las mañanitas y el sueño, quedo olvidado.

El primer día de ocho, que pasaríamos allí:

Saldríamos a cabalgar temprano conoceríamos todo el valle hasta llegar al río.

Allí, nos bañaríamos, almorzaríamos y luego, a cabalgar, río arriba. Para regresar temprano,  descansar en la casa alrededor de una fogata; escuchar a los trabajadores cantar sus canciones campesinas y luego, a dormir.

Todo el plan ya establecido se comenzó a realizar:

 Los caballos, las risas de los novatos el susto de algunos, la exigencia de otros y la valentía de todos.

Todo estaba saliendo muy bien. Pero de un momento a otro, las cosas comenzaron a cambiar:

Salimos en los caballos, recorrimos  el valle, llegamos al río, que es hermoso, sereno, cálido, cristalino y todos nos convertimos en grandes expertos en  el arte de nadar y de bucear. (Ninguno lo hacía bien, pero entre risas y juegos, lo pasamos de maravilla)

 Como era todavía temprano, no quisimos almorzar y volvimos a los caballos.

Entonces. Nos fuimos río arriba y al regreso, quedamos en que comeríamos. Y, ya, sería la hora de volver a la casa de la hacienda.

  Bueno, cuando menos lo pensamos, estábamos entrando a un cañón. Allí, había un letrero con una flecha que señalaba e indicaba que más arriba había una cascada y un lago natural.  Todos nos llenamos de curiosidad y nos internamos en esa cañada que poco a poco, se iba haciendo estrecha y aunque a nosotros, nos parecía que el terreno era completamente plano, el cielo se veía más alto y las paredes del cañón más empinadas y así, comenzó nuestra aventura, río arriba.

Mientras avanzábamos entretenidos, no nos dimos cuenta que las paredes de esta cañada, eran cada vez  más horizontales y que se oscurecía, poco a poco el entorno. Que el río se estrechaba, pero aun así, era más caudaloso y rápido. El río no estaba sereno… Rugía, mostraba su fuerza… Pero seguíamos adelante… A todos,  se nos había  metió en la cabeza, que temíamos que conocer la cascada y el lago y seguíamos con la esperanza de que pronto la veríamos.

Pero como iba cambiando el paisaje, íbamos cambiando nosotros… Nadie hablaba. Ninguno de nosotros nos mirábamos, solo seguíamos como hipnotizados, hacía adelante. Creo que ninguno pensó en dar media vuelta y regresar. Algo paso. 

Entonces, alguien, no se quien, dijo: Regresemos, devolvámonos. Todos estábamos muy nerviosos. No hablábamos. Dimos media vuelta y comenzó el regreso.  Algo ocurría. Algo ocurrió en ese cañón. Al entrar, el tiempo trascurría de manera normal, ahora, ya habían pasado las horas, la tarde estaba llegando  y no encontrábamos el punto por donde habíamos entrado a la cañada, ni tampoco el letrero.  Los caballos estaban cansados y se les notaba la fatiga y los nervios. Estaban briosos. 
   
 Pero nada cambió. La cañada, mostraba el mismo panorama. Pared, a un lado y al otro, completamente horizontales. Era imposible subir con los caballos o sin ellos. No se veía un solo árbol, solo rocas grandes, muy grandes y amenazantes.

Eran ya media  tarde y habíamos entrado a la cañada, más o menos a las diez y media u once de la mañana. ¿Donde estaba la cascada y el lago? Y ahora de regreso, ¿Dónde estaba el llano? No entendíamos nada de lo que estaba pasando.

Seguimos un rato más, hasta que por decisión de todos, ya que cada vez se hacía más tarde, dejamos los caballos para subir por un lado, que nos pareció un poco más inclinado, menos horizontal, con vegetación y creímos, que podíamos, despacio, subir caminando normalmente y alcanzar el borde de la barranca, que nos daba la impresión, de ser más baja.

¡Pero que equivocados estábamos!

Tres hombres tomaron la delantera, las mujeres iríamos detrás, (Éramos seis) y los cuatro hombres restantes, irían de últimos. Detrás nuestro, para protegernos.

 (Los de adelante, nos guiarían y los de atrás, nos protegerían) 

Al principio, no nos pareció como difícil, pero luego, la inclinación se perdió y se convirtió en una total pared y ya, no pudimos caminar normalmente. Tuvimos que comenzar a escalar. Todo el cuerpo iba pegado al barranco, al piso, nos sosteníamos de cualquier pequeña ramita que brotaba en aquella inhóspita vegetación y los pies no encontraban donde apoyarse. (Andábamos con las botas especiales para montar. Impropias para escalar) Cuando se encontraba un punto de apoyo, para subir, nos  resbalábamos y rodábamos  un buen trecho. Lo peor, no podíamos bajar tampoco. O subíamos o nos despeñábamos, porque no había ninguna otra alternativa.

 Era tan horizontal, que la cara, la cabeza, estaban pegadas, a la roca no podíamos levantarlas para mirar  arriba, o abajo; ni despegar el cuerpo del terreno y las ramitas, a las cuales nos agarrábamos, se quedaban en nuestras manos y volvíamos a rodar. Lo peor, los que iban adelante desprendían pequeñas y grandes piedras, que a veces, pasaban tan cerca de nuestras cabezas, que si no hubiésemos hecho, algún movimiento, seguro, se habían estrellado en nosotras.

 Era un pequeño o gran milagro, el que se producía. 

De pronto despegábamos la cara, la cabeza, de la montaña y pasaba la piedra, la roca,  entre el cuerpo y las piernas sin que nos hiciera daño. 

Claro que los de adelante, los que iban más arriba,  nos avisaban con un grito y los  que venían detrás de nosotras, a nuestros gritos, se ponían a salvo.

El terror se fue apoderando de todos. EI grupo, se dispersaba, se desorganizaba y los de adelante... Se rindieron.

Alguien dijo: "No puedo más, no puedo seguir". Me voy a dejar caer. 

Todos, nos quedamos callados. Luego, alguien más, llorando dijo: 

"No seguiré, no soy capaz, no tengo fuerzas, voy a soltarme".

Yo, que en toda la escalada, poco o nada había mirado a lo alto, aunque me había escapado de las piedras. Alcé los ojos y pude ver, el final de la pared de la que estábamos colgando.  El sol. El cielo azul, dándole  a esa escena dantesca, un reflejo de esperanza.

Entonces, yo, la más cobarde de todos, comencé con una letanía.

Al principio, pasito y lentamente. La falta de aire, y el miedo, no me permitían que fuera de otra manera. Luego, fui subiendo la voz y se fue haciendo más rápida, más fuerte, con un tono de absoluta seguridad y mando, que  hizo que  todos reaccionaramos.

¡No podía creerlo! El escucharme a mí misma, me sorprendía. Nadie volvió a decir nada. Solo mi voz se escuchaba, al gritar:

 "SI ALGUIEN SE CAE, TODOS NOS CAEMOS. SI ALGUNO SE SUELTA, TODOS NOS SOLTAMOS. TODOS TENEMOS QUE LLEGAR”

Todos seguimos…Yo seguía repitiendo mi letanía, mientras, las lágrimas corrían por mis mejillas. Los últimos nos alcanzaron, a las que íbamos en la mitad y nosotras, alcanzamos a los de adelante que estaban pendientes de que ninguno desfalleciera.

Mi voz seguía resonando en la cañada… No me cansé... Y poco a poco, fuimos llegando al borde. Cuando todos estuvimos juntos y nos abrazamos. Me desmaye.

Cuando volví en mí, todos estaban a mi alrededor. Todavía me abrazaban y yo… Seguía llorando.

 Algunos de los trabajadores de la finca estaban con nosotros, nos habían encontrado.  Nos montaron en sus caballos y así, nos llevaron la casa.

Estábamos completos. Ninguno faltaba. Muy aporreados, heridos, mal trechos pero todos vivos y felices de estar juntos. Yo, ¡Pobre de mí! No paraba de llorar.

(Desde entonces, todos mis amigos, me creen muy valiente. Pero no… Mi único secreto es ese… ¡Soy la chica más cobarde que existe! Pero no lo digan ¿eh?…)


Segunda Parte:

Cuando llegamos a la hacienda. Un médico de una finca vecina, nos curó todos los rasguños y nos dio calmantes para los nervios. Comimos. Nos bañamos. Pero lo que menos queríamos hacer, era dormir. No queríamos descansar. Además, todos hablábamos. Nos preguntaban. A veces, no entendíamos, lo que nos preguntaban.

 Y las pregunta estrellas eran y siguen siendo…. ¿Qué había pasado? ¿Qué nos había pasado? Contamos nuestra historia. Todos hablábamos a la vez. 

No nos entendían, y volvíamos a repetir. Se miraban… Nadie decía nada, todos se quedaban callados. Se volvían a mirar, como si no entendieran nada. Nada. 

Entonces, nos dejaron solos, para ir un grupo, a buscar nuestros caballos. Recuerden que habían quedado abandonados en la cañada y esto, lo intentarían antes de que cayera la noche.

Esa noche, aunque algo inquietos y doloridos, pudimos dormir.

 Al día siguiente, en el desayuno, los mayordomos, nos contaron que para entrar al cañón que nosotros describíamos,  era necesario ir río abajo, por lo menos dos jornadas, (2 días). Por lo cual, no se explicaban por donde  lo habíamos tomado. Esto nos dejó sorprendidos. Les comentamos de nuevo, que solo tuvimos que cabalgar media hora, para encontrar el río a ras con la llanura. Donde nos habíamos bañado y luego,  cogimos río arriba y  a una media hora, llegamos al sitio donde el letrero, nos indicaba el camino para llegar a la cascada y al lago natural. 

No lo crían, pues para ellos, esto era completamente imposible.

Al rato, llego una Señora campesina, nos miraba y nos preguntaba que sentíamos, que habíamos visto, entonces, de nuevo, contamos todo. No nos dijo nada. Solo repetía: "Ese río está encantado".

Luego de un largo silencio. Comenzó su relato: “Hace muchos años, quizá, un siglo. Esa cañada no existía. El río estaba a ras con todo el llano y era el lindero con la finca vecina. Sigue siéndolo, pero, convertido en esa cañada. (Ahora nosotros éramos los que  no entendíamos.)

 Siguió su relato: Por una gran desgracia, el río desapareció un tiempo. Luego, después de un terremoto, volvió a aparecer, pero ya no igual a como era. Ya, era una cañada. “La cañada del diablo”. Nadie, se atreve a aventurarse en ella. Y más, que solo se pode tomar por un punto llamado la cruz.  Dicen… Los que lo han hecho, que se oye el llanto de una mujer y los gritos desesperados de dos hombres, que  parecen, rugidos de lenes. Y luego… Las aguas del río, se vuelven rojas, como si fuera sangre.

Esto ocurrió, cuando los dos hermanos, dueños de las  fincas, se mataron en el, por el amor de una mujer campesina.

El lugar por donde Uds. dicen, que comenzaron a remontar el río, no existe. 

Por la parte que Uds. subieron. (Tomando el camino correcto,) es la  más profunda y oscura de la cañada. Pero para llegar a ella, se tiene que entrar  por el punto de la cruz, de lo contrario no se puede. Para llegar,  se debe  recorrer (Ya lo saben) dos jornadas a caballo seguidas y entrar a la hacienda vecina para subir hasta la cascada y el lago. Pero nadie ha llegado a ellos.”

(Ese lugar solo era de la mujer campesina y sus dos amantes).

Se quedó callada y no hablo más.  

Le pedimos que nos contara algo de esa historia. De los amores de esa mujer campesina y esos dos caballeros. Pero solo nos miró, se sonrió y dijo: "Yo soy la biznieta de ellos... De uno de ellos" y se marchó.

Solo en la tarde de ese día, los empleados llegaron con nuestros  caballos.

Ningún quiso hablar de Doña Carmela y menos, de su historia.

Llegó el domingo y regresamos a la ciudad. Todos, olvidados nuestra aventura, de cumpleaños y dimos gracias a Dios, por haber regresados bien.
Eva
Miércoles, enero 9 de 2013

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